La era del imperio, 1875-1914: Resumen Capítulo 2, La economía cambia de ritmo

La inversión extranjera en América Latina alcanzó su cúspide en el decenio de 1880 al duplicarse la extensión del tendido férreo en Argentina en el plazo de cinco años, y tanto Argentina como Brasil absorbían trescientos mil inmigrantes por año. ¿Puede calificarse gran depresión a ese período de espectacular incremento productivo?

En cuanto a los economistas y hombres de negocios, lo que preocupaba incluso a los menos dados al tono apocalíptico era la prolongada “depresión de los precios, una depresión del interés y una depresión del beneficios”. Lo que estaba en juego no era la producción sino la rentabilidad.

La agricultura fue la víctima más espectacular de esa disminución de los beneficios y, a no dudar, constituía el sector más deprimido de la economía y que cuyos descontentos tenían consecuencias sociales y políticas más inmediatas y de mayor alcance. Las consecuencias para los precios agrícolas, tanto en la agricultura europea como en las economías exportadoras de ultramar, fueron dramáticas.

Los decenio de depresión no eran una buena época para ser agricultor en ningún país implicado en el mercado mundial. La reacción de los agricultores varió desde la agitación electoral a la rebelión, hasta también la muerte por hambre como ocurrió en Rusia entre 1891 y 1892.

No obstante, las dos respuestas más habituales entre la población fueron la emigración masiva y la cooperación, la primera protagonizada por aquellos que carecían de tierras o que tenían tierras pobres, y la segunda, fundamentalmente por los campesino con explotaciones potencialmente viables.

El mundo de los negocios tenía sus propios problemas. Ningún período fue más deflacionario que el de 1873-1896, cuando los precios descendieron en un 40 por 100 en el Reino Unido. La deflación hace que disminuyan los beneficios.

Otra dificultad radicaba en el hecho de que los costes de producción eran más estables que los precios a corto plazo pues proporcionalmente, al tiempo que las empresas tenían que soportar también la carga de importantes cantidades de maquinaria y equipos obsoletos, se tardaba más de lo esperado en amortizar. En algunas partes del mundo, la situación se veía aún más complicada por la caída gradual del precio de la plata y de su tipo de cambio con el oro.

Una de las soluciones consistía en una especie de monetarismo a la inversa.

La libertad de comercio parecía indispensable ya que permitía que los productores de materias primas de ultramar intercambiaran sus productos por los productos manufacturados británicos, reforzando así la simbiosis entre el Reino Unido y el mundo subdesarrollado, sobre el que se apoyaba la economía británica. Los estancieros argentinos y uruguayos, los productores australianos y los agricultores daneses no tenían interés alguno en impulsar el desarrollo de las manufacturas nacionales, pues obtenían pingües beneficios en su calidad de planetas económicos del sistema solar británico. El Reino Unido continuó mostrándose partidario del liberalismo económico y al actuar así otorgó a los países proteccionistas la libertad de controlar sus mercados internos y de impulsar sus exportaciones.

El liberalismo era el anarquismo de la burguesía y, como en el anarquismo revolucionario, en él no había lugar para el estado. O, más bien, el estado como factor económico sólo existía como algo que interfería el funcionamiento autónomo e independiente de “el mercado”.

Esta interpretación no carecía de lógica. Por una parte, parecía razonablemente pensar que lo que permitía que esa economía evolucionara y creciera eran las decisiones económicas de sus componente fundamentales. Por otra parte, la economía capitalista era global, y no podía ser de otra forma. El ideal de sus teóricos era la división internacional del trabajo que aseguraba el crecimiento más intenso de la economía.

El único equilibrio que reconocía la teoría económica liberal era el equilibrio a escala mundial. Pero en la práctica ese modelo resultaba inadecuado. La economía capitalista mundial en evolución era un conjunto de bloques sólidos, pero también fluido. Sean cuales fueren los orígenes de las “economías nacionales” que constituían esos bloques, las economías nacionales existían porque existían los estados-naciones.

Pero el mundo desarrollado no era tan sólo un agregado de “economías nacionales”. La industrialización y la depresión hicieron de ellas un grupo de economías rivales, donde los beneficios de una parecían amenazar la posición de las otras. Lo sólo competían las empresas, sino también las naciones.

¿Cuales fueron sus consecuencias? Podemos aceptar como cierto que un exceso de proteccionismo generalizado, que intenta perpetrar la economía de cada estado-nación es perjudicial para el crecimiento económico mundial. Esto quedaría demostrado en el período de entre guerras. Pero en 1880-1914, el proteccionismo no era general ni tampoco excesivamente riguroso y quedó limitado a los bienes de consumo y no afectó al movimiento de mano de obra y a las transacciones financieras internacionales. En conjunto, el proteccionismo industrial contribuyó a ampliar la base industrial del planeta, que carecían también a un ritmo vertiginoso.

No obstante, si el proteccionismo fue la reacción política instintiva del productor preocupado ante la depresión, no fue la respuesta económica más significativa del capitalismo a los problemas que le afligían. Esa respuesta radicó en la combinación de la concentración económica y la racionalización empresarial que comenzaba ahora a servir de modelo, los trust y “la gestión financiera”.

Pero el control del mercado y la eliminación de la competencia sólo eran un aspecto más general de concentración capitalista y no fueron ni universales no irreversibles. La concentración avanzó a expensas de la competencia de mercado, las corporaciones a expensas de las más pequeñas y que esa concentración implicó una tendencia hacia el oligopolio.

La presión sobre los beneficios en el período de la depresión, así como el tamaño y la complejidad cada vez mayor de las empresas, surgió que los métodos tradicionales y empíricos de organizar las empresa, y en especial la producción, no eran ya adecuados. Así surgió la necesidad de una forma más racional o “científica” de controlar y programar las empresas grandes y deseosas de maximizar los beneficios. La tarea en la que conectó inmediatamente sus esfuerzos el “taylorismo” y con la que se identificaría ante la opinión pública la “gestión científica” fue la de sacar mayor rendimiento a los trabajadores. Ese objetivo se intentó alcanzar mediante tres métodos fundamentales:

  1. aislando a cada trabajador del resto del grupo y transfiriendo el control del proceso productivo a los representantes de la dirección;
  2. una descomposición sistemática de cada proceso en elementos componentes cronometrados;
  3. sistemas distintos de pago de salario que supusieron para el trabajador un incentivo para producir más.

Henry Ford, se identificaría con la utilización racional de la maquinaria y la mano de obra para maximizar la producción.

La “mano visible” de la moderna organización y dirección sustituyó a la “mano invisible” del mercado anónimo de Adam Smith.

Existía una tercera posibilidad para solucionar los problemas del capitalismo: el imperialismo.

Debemos mencionar un resultado final, o efecto secundario, de la gran depresión. Fue también una época de gran agitación social. La depresión produjo la movilización masiva de las clases obreras industriales en numerosos países y, desde finales del decenio de 1880, la aparición de movimientos obreros y socialistas de masas en algunos de ellos.

Al final del capitulo, Eric Hobsbawm realiza una síntesis de lo que fue la economía durante el imperio. En primer lugar, su base geográfica era mucho más amplia que antes. El sector industrial y en proceso de industrialización se amplió, en Europa mediante la revolución industrial que conocieron Rusia y otros países. El mercado internacional de materias primas se amplió extraordinariamente lo cual implicó también el desarrollo de las zonas dedicadas a su producción y su integración en el mercado mundial. Argentina se convirtió en un gran exportador de trigo en la misma época, y cada año, contingentes de trabajadores italianos cruzaban en ambos sentidos los 16000 km del Atlántico para recoger la cosecha, La economía de la era del imperio permitía cosas tales como que Bakú y la cuenca de Donetz se integraran en la geografía industrial, que Europa exportara productos y mujeres a ciudades de nueva creación y que se erigieran teatro de ópera sobre los huesos de indios enterrados en ciudades surgidas al socaire del auge del caucho.

La economía mundial era mucho más plural que antes. El Reino Unido dejó de ser el único país totalmente industrializado y la única economía industrial. La era del imperio se caracterizó por la rivalidad entre los diferentes estados. Además, las relaciones entre el mundo desarrollado y el sector subdesarrollado eran también más variadas y complejas.

Ese pluralismo creciente de la economía mundial quedó enmascarado hasta cierto punto por la dependencia que se mantuvo e incluso se incrementó de los servicios financieros, comerciales y navieros con respecto al Reino Unido.

La tercera característica de la economía mundial es la más obvia: la revolución tecnológica. Fue en este período cuando se incorporaron a la vida moderna el teléfono y la telegrafía sin hilos. Se llama “segunda revolució industrial” a la gran innovación que consistió en actualizar la primera revolución industrial mediante una serie de perfeccionamientos en la tecnología del vapor y del hierro por medio del acero y las turbinas.

La cuarta característica es una doble transformación en la estructura y modus operandi de la empresa capitalista. Por una parte, se produjo la concentración de capital, el crecimiento en escala que llevó a distinguir entre “empresa” y “gran empresa”.

La quinta característica es que produjo un una extraordinaria transformación del mercado de los bienes de consumo: un cambio tanto cuantitativo como cualitativo. Con el incremento de la población comenzó a dominar las industrias productoras de bienes de consumo. A largo plazo. este fenómenos fue más importante que el notable incremento del consumo en las clases ricas y acomodadas, cuyos esquemas de demanda no variaron sensiblemente. Fue el modelo de T de Ford el que revolucionó la industria del automóvil.  Al mismo tiempo, una tecnología revolucionaria y el imperialismo contribuyeron a la aparición de una serie de productos y servicios nuevos para el mercado de masas.

Todo ello implicó la transformación so sólo de la producción, mediante lo que comenzó a llamarse “producción masiva”, sino también de la distribución, incluyendo la compra a crédito, fundamentalmente por medio de los plazos.

Esto encajaba perfectamente con la sexta característica de la economía: el importante crecimiento, tanto absoluto como relativo, del sector terciario de la economía, público y privado.

La última característica de la economía es la convergencia creciente entre la política y la economía, es decir, el papel cada vez más importante del gobierno y del sector público.

La democratización de la política impulsó a los gobierno, muchas veces renuentes, a aplicar políticas de reforma y bienestar social, así como iniciar una acción política para la defensa de los intereses económicos de determinado grupos de votantes contra la concentración económica. Por otra parte, las rivalidades políticas entre los estados y la competitividad económica entre grupos nacionales de empresario convergieron contribuyendo tanto al imperialismo como a la génesis de la primera guerra mundial. Por cierto, también condujeron al desarrollo de industrias como la de armamento, en la que el papel del gobierno era decisivo.

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